¿ES CIENTÍFICA LA HOMEOPATÍA? AUNQUE… ¿IMPORTA TANTO QUE LO SEA?

homeopatía

El escepticismo, la castidad del intelecto

 

Me continúa sorprendiendo el hecho de que, de manera bastante generalizada, opinemos y realicemos juicios de valor sobre temas acerca de los cuales, en muchas ocasiones, tenemos un conocimiento bastante limitado. Y que lo hagamos además con la ligereza con la que lo solemos hacer, reproduciendo a veces argumentos que simplemente hemos oído pero no reflexionado, o sumándonos a la opinión mayoritaria para no convertirnos en elementos diferentes del resto o disidente. Así, nos investimos del poder de juzgar todo aquello que nos creemos legitimados por tener una determinada formación académica (como si un título, el que sea, diera por defecto más sentido común o lucidez intelectual), y creemos poder discernir entre lo que es una verdad absoluta e inmutable y lo que no lo es.

La opinión va acompañada además, en numerosas ocasiones, de una verbalidad beligerante que denota la superioridad con la que se ésta se expresa, como si se experimentara una especie de cansancio existencial por tener que repetir hasta la saciedad lo que es obvio a la luz de dicha verdad y que determinada gente no ve por su probable incapacidad o mentalidad obtusa. Lo mismo ocurre a la hora de juzgar, siempre con severidad, el comportamiento y actos del prójimo, presuponiendo nuestra escala de valores como la correcta y universalmente aceptada, actitud que se enaltece cuando dicha visión es compartida por la mayoría.

Este modo de actuar, se manifiesta también en el ámbito de la ciencia y la medicina, ya que la ortodoxia supuestamente científica sobre la que ésta se construye impone su enfoque como el único posible y verdadero, al tiempo que demoniza con insistencia cualquier otra visión, protocoliza hasta la extenuación la investigación y la práctica cotidiana, y parece tener como objetivo reducir los grados de libertad de pensamiento a la mínima expresión.

Alguien dijo que el escepticismo es la castidad del intelecto, frase más que acertada para reflejar hasta qué punto es importante tener capacidad crítica ante TODO lo que nos rodea, esté más o menos próximo a nuestra forma de mirar, pensar o entender la vida. La razón y el conocimiento son instrumentos de un valor incalculable para acercarse a la comprensión de la realidad y separar el grano de la paja (en caso de que existan una y otra), pero también lo son a la hora de entender que dicha realidad es algo tan líquido que nunca se puede hacer bandera de tener la visión correcta sobre ella. Las trampas de la razón, además, son infinitas, como han puesto de manifiesto las filosofías orientales desde mucho antes de la aparición del método científico, y está tan cargada de prejuicios e ideas preconcebidas que pueden darnos a veces una estrechez de miras casi patológica.

Reeducar la mente y revisar creencias

Digo todo esto por la cierta agresividad –y, a su vez, condescendencia– que se observa en determinados sectores y medios ante enfoques terapéuticos como la homeopatía u otras técnicas y métodos que trabajan a fondo los aspectos psicoemocionales y energéticos del individuo; sin los cuales, por cierto, y pese a quien pese, no se puede llegar a entender la verdadera raíz de los desequilibrios físicos y psicológicos del individuo, más allá de que existan trastornos bioquímicos o fisiológicos reales que deben ser valorados. Existe ya un conocimiento contrastado extenso sobre la eficacia experimental de la homeopatía y muchas otras prácticas que pide dejar de aplicar dogmáticamente el método científico para intentar demostrar su inutilidad.

Que quede claro que en ningún momento reniego del método porque yo mismo he sido formado académicamente en él, y reconozco hasta qué punto ha sido -y continua siendo- útil para abordar la comprensión, aunque  parcial, del mundo. Sin embargo, creo que cualquier mente con vocación de apertura a nuevos paradigmas debe, como mínimo, valorar la posibilidad de ampliar la mirada y otorgar cierto valor a conocimientos que enriquecen lo que ya se sabe, y aceptar como posible que la ortodoxia también esté cargada de prejuicios e intereses sobre lo que es lo verdad. A otros conocimientos y también a otras vías de aproximación a la realidad, puesto que la razón tiene un maravilloso complemento en la emoción y la intuición, igual que el método científico de laboratorio lo tiene en la vivencia y experimentación de la vida.

Hay fenómenos reales para los cuales todavía no existe una explicación racional, pero que suceden, y quizás su comprensión exija reeducar la mente y revisar creencias para comprender, de acuerdo a los más recientes postulados de la física cuántica y otras disciplinas que exploran los límites de la realidad, que todo está en contacto con todo, que es imposible aislar el objeto de estudio del propio sujeto o que cada suceso es el colapso de infinitas probabilidades y no una realidad inmutable y única. Insistir todavía, por ejemplo, en que sólo el principio químico activo es eficaz, y que la información energética sutil de la que llevan tiempo hablando culturas milenarias de todo el mundo es charlatanería, es haber quedado ensimismado en lo racional como tabla de salvación ante los muchos interrogantes de la vida que quizás no pueden resolverse recurriendo sólo a la razón.

 

Una visión hiperracional y mecanicista del mundo

Durante unos años me dediqué a la comunicación científica y médica, y tuve la gran oportunidad de entrevistar a numerosos expertos e investigadores de ramas de la ciencia y la técnica muy diversas. También de recibir dosieres de prensa y documentos de centros de investigación públicos y privados sobre estudios de todo tipo, lo que me permitió conocer más a fondo hasta qué punto un número considerable están basados en resultados estadísticos frágiles, con una supuesta carga científica que tiene mucho de maquillaje. En una de las entrevistas, ya off de record, le pregunté a un catedrático de edad avanzada a qué se dedicaba por aquel entonces, y me reconoció que se estaba dedicando a estudiar un tema “poco habitual” –no hace falta decir cuál–, que le había estado interesando desde hacía muchos años.

A mi pregunta de por qué no lo había hecho antes, su respuesta fue que si se hubiera hecho público su interés y lo hubiera intentado llevar a cabo en su trabajo cotidiano, lo más probable es que no hubiera podido avanzar en su carrera científica. La academia, me decía, lejos de ser un lugar para la innovación y el pensamiento libre, parece ser cada vez más un ámbito restringido con líneas de investigación predeterminadas donde la heterodoxia encaja mal. Lo peor para mí, sin embargo, es que esta visión hiperracional y mecanicista del mundo se ha ido extendiendo como una mancha de aceite por el conjunto de la sociedad, dándose por sentado que es la única mirada posible ante la vida y situando lo emocional y lo intuitivo en una categoría inferior poco digna de tenerse en cuenta desde un punto de vista científico serio. Curioso, sin embargo, constatar cómo los grandes genios han hecho de la intuición y del sexto sentido un instrumento fundamental a la hora de dar con la llave a problemas con los que se enfrentaban en su trabajo, ya que muchas de las conclusiones no les han llegado a través del pensamiento racional si no de la inteligencia emocional, por llamarlo de alguna manera.

Volviendo a la homeopatía, decidí utilizarla y dedicarme a su estudio tanto para abrirme a otras maneras de entender la salud y la enfermedad, como para comprobar su eficacia, además de por la simple curiosidad de no quedarme limitado al dogma establecido. Sólo hace falta usarla de la manera correcta para constatar sus efectos y comprobar cómo permite abordar el tratamiento de las patologías desde enfoques mucho más amplios y profundos que la farmacología tradicional, sin los efectos secundarios de ésta y sin introducir en el organismo principios químicos activos a dosis exageradamente altas. Ni que decir tiene que la visión homeopática no debe ser excluyente –los dogmatismos son todos nocivos, a mi parecer–, por lo que complementarla con todo lo que tiene de extraordinario la medicina “alopática” aporta una potencia terapéutica de gran valor a la que no es deseable ni necesario renunciar.

 

Comprender y aprender sin prejuicios

Llegados a este punto de reflexión, me pregunto el porqué de la beligerancia que comentaba antes, pregunta ante lo cual se me ocurren tres posibles argumentos:

  • Por ignorancia. Dicen que la ignorancia es atrevida. Más todavía cuando la practica alguien que desacredita un determinado conocimiento pensando poseer todo el que hasta aquel momento existe en aquel ámbito, y dando por supuesto que cualquiera que vaya más allá es simplemente una invención o un engaño. Y quizás tenga razón, pero cuando existe una amplia bibliografía y experiencia práctica como en el caso de la homeopatía, además de un amplio número de profesionales del sector que también la aplican (¿son médicos extraviados a lo mejor?), la ignorancia es fácil de corregir mediante el estudio riguroso.
  • Por intereses sectoriales. En efecto, como en cualquier otro sector, el ámbito de la ciencia y la medicina también está sujeto a intereses particulares de todo tipo, por lo que desacreditar ciertas opiniones o conocimientos con el fin de evitar perder cuotas de poder, conseguir más beneficios o simplemente acabar con ciertos adversarios incómodos, es algo más frecuente de lo que nos podemos imaginar. En este sentido, plantearnos determinadas preguntas nos puede ayudar a visualizar este hecho: ¿Quién financia las investigaciones?, ¿con qué objetivo?, ¿Qué beneficios se consiguen con las patentes?, ¿por qué unas líneas de investigación se descartan en detrimento de otras?…
  • Por temor. La formación académica nos aporta, en principio, todo el conocimiento que existe sobre un ámbito en un determinado momento. La medicina autodenominada científica no es una excepción. Sin embargo, la magnitud de dicho conocimiento está condicionado siempre a las creencias y al paradigma limitante que lo ampara, por lo que se deja de lado todo aquello que rompe dicha ortodoxia. Aceptar esto no siempre es fácil, sobre todo cuando dicho paradigma se exhibe como la verdad y excluye cualquier otro. Abrir la mente, entonces, si es que se tiene voluntad o necesidad de abrirla, puede dar miedo, ya que la seguridad se puede desmoronar y generar incertidumbre emocional si se cuestiona la verdad de lo que se da por supuesto. El temor, por otro lado, también surge cuando dicha seguridad está vinculada al poder y al modus vivendi, ya que aceptar que otra visión del mundo (en este caso, sobre la enfermedad y el enfoque terapéutico) es tan válida o más que la propia, y que esto puede llevar a la pérdida de status o de autoridad frente al resto.

En todo caso, también dice el budismo (simplificando la profundidad del concepto) que toda es maya, una gran ilusión; que tan cierta es una cosa como su contrario, y que construimos la realidad a nuestra medida y según nuestra percepción. Por lo tanto, quizás simplemente todos tenemos una parte de la razón (o de la sinrazón), y merece la alegría buscar puntos de contacto para aceptar que cada instante tiene su acción concreta, y que cualquier paradigma puede ser válido en un momento dado para afrontar una determinada situación. Por ello, con los productos homeopáticos, los fármacos convencionales, la fitoterapia o el resto de recursos terapéuticos extraordinarios que ya existen, tenemos a nuestro alcance un fabuloso banco de remedios que, bien administrado, tiene una potencia extraordinaria a la hora de acompañar la persona en su proceso evolutivo y de sanación.

Cada uno, en efecto, es libre de decidir lo que quiera y actuar en consecuencia. Sólo se puede pedir algo de sentido crítico, curiosidad por el conocimiento y por experimentar en primera persona, y voluntad de no dejarse llevar por la dualidad y el maniqueísmo tan pueril sobre lo que es correcto o incorrecto. Desacreditar es fácil. Comprender y aprender sin prejuicios cuesta algo más.

© Antoni París Biólogo y homeópata

 

Terapias alternativas

 

 

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